
Nota: El presente artículo fue publicado originalmente en el contexto del II Forum Latinoamericano para la Conservación del Patrimonio Histórico- Cultural, organizado por Patrimonio Histórico en 2000, y es reprodu-cido con permiso de su autor.
El patrimonio presenta un conjunto de tensiones de muy difícil resolución. En primer lugar, en cada época, rigen muy diversos criterios tanto sobre aquello que una comunidad debe conservar como referentes de sus memoria como acerca de la forma que dicha conservación debe llevarse a cabo. A partir de mi experiencia en el Museo Mitre, pude comprobar que este tipo de Instituciones, que son los ámbitos privilegiados para la salvaguarda del patrimonio, se debaten entre la difusión y la conservación de su patrimonio. Dos misiones contrapuestas en tanto una excesiva difusión sería perjudicial para una adecuada conservación, lo cual suele crear conflictos entre los profesionales abocados a cada una de estas tareas. A su vez los procesos de conservación y restauración se hallan cruzados por diferentes criterios como ser aquellos que entienden que la restauración debe llevar a la pieza a su estado original y otros que entienden que la restauración debe diferenciarse del original, en tanto se estaría desvirtuando el criterio de autenticidad. Todos estos de-bates planteados, que no ejemplifican sino un simple muestreo del problema, se dan en reducidos círculos de expertos, sin que la comunidad muchas veces tenga noción alguna acerca de la misma. Peor aún, mu-chas veces para la comunidad lo importante en el proceso de restauración debería culminar con el hecho de quedar “bonito”, apostando a un criterio estético (propio además de cada época) en vez de apreciar el hecho de haberse rescatado los valores culturales que lo produjeron.
Una primera distancia entre el patrimonio y la comunidad estaría dada por el hecho que la selección de aquello que será patrimonio de la comunidad –en sus diversas escalas: municipal, provincial, nacional- no es fruto de un proceso consensuado sino la resolución de un grupo de especialistas que lo imponen. Desde una perspectiva historiográfica se ha generado así una cultura que suele denominarse de “bronce”, que en general crea más distancia que un acercamiento entre la comunidad y el referente. En este sentido el resul-tado suele ser la inhibición del proceso de apropiación.
Cuando se piensa en términos del patrimonio, muchas veces se hace referencia a aquello que es emblemá-tico y no sobre lo cotidiano. Esto crea una distancia de accesibilidad para amplios sectores socio-culturales. A su vez aquí se presenta otro problema y es que muchas veces se deja librado a la capacidad de fruición de quien observa el objeto o monumento en cuestión. Esta modalidad en el tratamiento del patrimonio estu-vo pensada para un sector socio cultural muy acotado y con los suficientes conocimientos previos como para comprender y por ende disfrutar del patrimonio. Aquí llegamos al núcleo mismo del problema: el objeto no vale por si mismo sino por los mensajes que transmite. Esta sentencia, expresada con diferentes varian-tes, hace largo tiempo que se haya instalada en los medios donde se trabaja con el patrimonio, lo cual no implica que se hayan efectuado las operaciones pertinentes como para revertir los obstáculos. En los mu-seos todavía suele presentarse un mensaje único, pensado para un público uniforme, lo cual –por ejemplo- no contempla ni diferencias de edades ni de procedencia. Los principales visitantes locales suelen ser alumnos de nivel inicial y medio, y rara vez estas instituciones ofrecen un discurso acorde a las edades en cuestión. En este sentido son muy importantes los trabajos realizados por Silvia Alderoqui sobre la articula-ción entre escuelas y museos.
Para la comunidad, el patrimonio como ente cultural por antonomasia, representa un conjunto de prohibicio-nes que “nos alejan” del mismo en tanto además de no poder tocarlo ni fotografiarlo, muchas veces se inter-ponen cordones, placas de acrílico o vitrinas, todo lo cual parecería ser un obstáculo para disfrutarlo libre-mente por todos los cuidados que han de tenerse en cuenta. Por cierto si estas conductas se automatizan por una práctica constante, dejan de ser un obstáculo y simplemente se cumplen al igual que me detengo frente a un semáforo en rojo.
Desde instituciones como los Museos se dan al menos dos fenómenos que inhiben la participación de la comunidad. Por un lado quien está al frente del mismo suele pensar las exposiciones en término de lograr el mejor producto más allá de cuántos sean los destinatarios capaces de comprenderlas. Por otro lado, el tra-bajo súper especializado de sus profesionales muchas veces crea un lenguaje críptico que sólo es entendi-do por un grupo selecto. Esto se traduce incluso en pequeños detalles de puesta museográfica: el tamaño de letra de los nomencladores suelen ser muy chicos para los visitantes creando dificultades de lectura o se cree que poniendo un letrero en braille debajo de los nomencladores se resuelve el problema para visitantes con capacidades diferentes, sin resolver cómo haría un no vidente para llegar hasta dicho letrero.
El patrimonio no es algo cuya captación sea innata, más allá que para quienes trabajemos con él suframos sucesivos procesos de naturalización hasta alcanzar cierto grado de obviedad. Para la comunidad el patri-monio nunca es algo obvio, y en esto debemos ser conscientes, valiéndonos de una vieja sentencia de Goethe: “Solamente se ve lo que ya se conoce y se entiende”, de la necesidad de formación y capacitación adecuada para su visibilización. En este sentido estoy convencido que el primer paso para la concientiza-ción y sensibilización patrimonial de la comunidad consista en su incorporación en la currícula escolar, pero con correspondiente capacitación a los docentes porque de poco sirve incorporar el tema sino se sabe como transmitir los contenidos. Por ciertos desde la enseñanza informal, en estos momentos de alcance incluso mayor, sería fundamental su difusión.
Aquella sentencia que “sólo se conserva aquello que se quiere” muchas veces suele estar enfrentada a intereses especulativos. En materia arquitectónica hemos visto como se sacrificaron muchos edificios por-que es más cara su conservación o reciclaje que demolerlos y hacer algo nuevo. Muchas veces lo “viejo”, como suele ser calificado un bien patrimonial, es un obstáculo para la inserción de algo mucho más renta-ble. Por otro lado también es cierto que muchas veces no hicimos un uso adecuado del patrimonio: para algunos de trata de tesoros donde lo que importa es su posesión más que el disfrute colectivo (lo cual es más grave cuando se trata de patrimonio público); para otros conservar es mantener “congelado” un tiempo, lo cual le resta la dinámica propia de la vida y su adecuación a cada presente; no faltan aquellos que han caricaturizado el patrimonio en su afán de obtener beneficios circunstanciales.
¿Cuáles podrían ser algunas claves para concienciar y sensibilizar patrimonialmente a la comunidad? En primer lugar creo necesario proceder a quitarle al patrimonio cierto halo de solemnidad que indefectiblemen-te aleja a los no-entendidos. En segundo lugar hacer participar a la comunidad en la decisión de elegir los referentes de su memoria; en tercer lugar, y esta creo que es la herramienta más eficaz, adecuar los mensa-jes a las inquietudes de la comunidad.
Rodolfo Giunta. Profesor en Historia (UBA) Encargado del Area de Historia Cultural Urbana del Museo Histórico Sarmiento (Secretaria de Cultura de la Nación) Investigacdor del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas "Mario J. Buschiazzo" de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (UBA). Docente en el Postgrado de Arquitectura (UBA) y en el Instituto Obra Cardenal Ferrari.
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